20 de junio de 2008

Camino de Santiago




Primera etapa: Madrid-Cercedilla.

Hoy, a diez de Abril del 2008, salimos desde Madrid con dirección a Santiago de Compostela.

A las 7:30 de la mañana salgo de casa pertrechado de todo el equipo: la bici, las alforjas, y un largo etcétera. Unos instantes antes de comenzar nuestra aventura, me viene a la cabeza una idea, y es que, todo viaje, cualquiera que sea, comienza con un primer y pequeño paso, pequeño y a la vez tan enorme por todo aquello a lo que nos conducirá y, así pues, será ese pequeño y gran paso el que impulsará toda nuestra andadura y dará origen a nuestra peregrinación.



Ya en la calle, subo por la calle Atocha dirección a la plaza de Ramales, cerca está la iglesia de Santiago, éste es el lugar elegido para encontrarme con mi compañero de camino: se llama Tadeo, buen amigo, brasileño y compañero de la universidad.

Somos puntuales y a las 8:00, damos inicio a nuestro propósito, que no es otro que disfrutar de todo aquello que envuelve el Camino de Santiago.

Las distintas banderas que vemos ondean con fuerza y un cielo encapotado nos da la bienvenida, después de la foto obligada de la partida en los Jardines de Sabatini, bajamos la cuesta de San Vicente hasta la Casa de Campo y allí tomamos el carril bici que nos ayudará a bordear la ciudad.


A pesar de las innumerables ocasiones en que he podido disfrutar de las virtudes de la Casa de Campo, así como de las céntricas calles madrileñas, hoy, todo, tiene un color diferente y, la luz de la partida y, sin duda, la magia del Camino, lo envuelve todo.

Ya en el carril bici, circulamos en paralelo al Manzanares (-nota-, único día que he visto correr el agua en este río). Avanzamos lentamente pero de forma constante, la alegría y la emoción están presentes, pasada la zona de Puerta de Hierro decidimos enfundarnos los chubasqueros, pues, el cielo trae avisos de agua.

Seguimos por el carril bici hasta la bifurcación de Colmenar Viejo, éste carril bici es notablemente más antiguo que el primero y está más transitado por ciclistas. Es un orgullo saludar a compañeros del deporte que te desean buen viaje, aun más, con la que, ya, estaba cayendo. Alguno incluso nos recuerda que: -¡menudo momento habéis elegido para iniciar vuestra aventura!-, el cielo se cierra definitivamente y arrecia el agua, los túneles anegados hacen que vayamos con especial cuidado, a pesar del agua, la moral y las fuerzas están pletóricas y en este momento nada es capaz de quitarnos la sonrisa de la cara.

Así, los próximos 20 kilómetros hasta Colmenar Viejo han sido bajo una medio-fuerte cortina de agua y alguna racha de viento.

En Colmenar, hemos atravesado el pueblo hasta la iglesia y en la casa parroquial nos han puesto nuestro primer sello.

Desayunamos una vez más, té caliente y continuamos por carretera dirección Cerceda, vamos dejando atrás numerosas fincas ganaderas y la carretera sube y baja continuamente hasta que en una de las muchas glorietas que atravesamos tomamos dirección Navacerrada, aquí, la carretera empieza a picar hacia arriba con cierta dureza y en un determinado punto, un hito del Camino, nos recuerda que restan 615 kilómetros para llegar a Santiago, uffff!!!...casi ná!!!. En este punto decidimos salirnos de la carretera, ya ha dejado de llover y, aun así, hay bastante agua por todas partes.

Atravesamos unos limpios senderos (ya conocidos por mí, de la bajada del Mirador de las Canchas con Miguel, Jesús y compañía), estos caminos nos llevan, siguiendo las flechas, hasta Navacerrada, atravesamos el pueblo y ascendemos las primeras rampas del puerto, éstas nos exigen e incluso hacen daño, pues los kilómetros acumulados se van notando, subimos hasta el collado del Arcipreste y tomamos dirección Cercedilla, a partir de aquí todo bajada hasta el pueblo, de nuevo, la lluvia hace acto de presencia pero esta vez con mayor fuerza y virulencia, así que, el descenso se vuelve sumamente peligroso.



Una vez en el pueblo y sobre las cuatro de la tarde, entramos con 6 grados y empapados hasta los huesos, y después de preguntar a varios vecinos, ya con las fuerzas justitas y la humedad haciendo mella en las extremidades, recibimos la hospitalidad de los Padres Escolapios, que aunque no acogen a peregrinos por sistema, -debo decir, que el presentarnos calados hasta los huesos y pidiendo hospitalidad para dos peregrinos con la intención de llegar a Santiago, son muestras suficientes para que se le afloje el alma a cualquier persona.- Y así, sin dudarlo acceden a nuestra solicitud de hospitalidad.

Debo decir que el lugar se llama: El mirador de Calasanz, y está muy cerca del cruce que sube a las dehesas. Los Padres Escolapios se dedican a realizar ejercicios espirituales y religiosos, por lo que nos encontramos con numerosas muestras de religiosidad en el centro, crucifijos y bíblias decoran las habitaciones, las instalaciones hacen que gocemos de una reconfortante ducha caliente y, de seguido, en el primer bar que vemos, nos apretamos una de las mejores tortillas de patatas que recuerdo.

Ya, recogidos en la habitación y descansando, miro los datos del cuenta, éste dice: 5 horas 56 minutos de pedaleo y la friolera de 79 kilómetros recorridos.

Y, concluyendo el día, solo queda echar un vistazo a la etapa de mañana, el puerto de La Fuenfría y, de ahí, a Segovia, pero eso es la etapa de mañana ahora toca descansar, no sin antes, agradecer a Fidencio su hospitalidad.


19 de junio de 2008

Segunda etapa

Segunda etapa: Cercedilla-Bernardos (Segovia).

Suena el despertador de mi compañero, son las 6:45h, he pasado la noche durmiendo a ratos, fuera ha estado lloviendo con bastante intensidad durante toda la noche y el cansancio del día anterior, creo que tiene algo que ver para que no haya dormido de un tirón. –O, ¿aun serán los nervios?-

Nos despedimos de Fidencio, dejamos algo de donativo, y después de desayunar en un bar próximo a la Plaza del Ayuntamiento, tomamos dirección Las Dehesas con toda la intención de coronar el Puerto de La Fuenfría, y así, enseñar esta bella y familiar subida a mi compañero.

Según nos dirigimos al puerto me doy cuenta de que las condiciones meteorológicas son muy adversas, un grado bajo cero con nubes que impiden ver, siquiera, la mitad de la ascensión y para terminar de rematar la faena, cae aguanieve. Al mismo tiempo de girar a la derecha en el cruce que enfila la ascensión, -creo, que, antes no quise darme cuenta de la complejidad de la situación, aunque era evidente- subimos la primera rampa dejando la fuente a la derecha, y ya, el frío nos atenaza, no se puede ni intentar, es una verdadera temeridad, en este momento comprendo la situación, y me digo -no se puede subir-, así que, le digo a Tadeo, muy a mí pesar, - no se puede subir, vamos a la estación y cogemos el tren hasta Segovia-


Esperando en la estación nos damos cuenta de que es duro tener que coger el tren y no poder continuar el Camino por nuestros propios medios, pero -hay que hacerlo, si queremos continuar con nuestra aventura-, nos decimos. Ya, en la parte de Segovia la temperatura cae hasta menos cuatro grados, aparece la nieve y la sensación de frío, aun en el tren, es enorme. Con todo, resulta para mí una pequeña decepción no poder ascender La Fuenfría y deleitarnos con los miradores, de no poder despedirnos de Madrid en todo lo alto (era el techo del Camino), de no poder mostrar a Tadeo las maravillas que este rincón de la Sierra de Guadarrama guarda en su seno, y que decir, de la calzada romana viendo Segovia al fondo, y así, sucesivamente, aparecen en mi mente éstas imágenes como si realmente hubiésemos podido disfrutar de ellas.




Descendemos del tren en Segovia, el frío del norte nos deja los músculos atenazados y, es que, por momentos, recuerdo que en Segovia hace mucho frío. Tomamos dirección al Acueducto, bajando por una ancha avenida la sensación de frío se hace más que patente, y me digo- así no podemos continuar, de esta manera no vamos a ninguna parte-, en mi interior se fragua la idea de hacer noche en Segovia y esperar a que mejore el tiempo.

Continuamos. Giramos a la derecha por la Avenida Fernández Ladreda, aquí, observo a mí izquierda una pequeña iglesia de gran belleza, que ya había visto en otra ocasión y de la cual guardaba un grato recuerdo, se trata de la iglesia de san Millán, románica, y como bien debe de decir la guía, guarda grandes similitudes con la Catedral de Jaca.

Avanzamos, sorprendidos por los numerosos grupos de estudiantes franceses que visitan la ciudad, llegamos al acueducto siempre impresionante, decido no parar mucho pues el frío es brutal y seguimos callejeando en dirección a la Plaza Mayor, el frío definitivamente nos tiene comida la moral, ya en la Plaza entramos en la catedral, sellamos, y en la oficina de turismo preguntamos por el albergue para peregrinos, no hay nada (!), -algo sorprendente- si estamos en la capital de la provincia, les decimos, en fin, decidimos buscar una pensión. Mientras hacemos las gestiones, decidimos tomarnos un té y un dulce, y ojear las guías, a ver, qué nos dicen. En un instante de lucidez y claridad decidimos continuar nuestro camino, abandonar Segovia y huir de sus heladas temperaturas.

Así pues, bajamos por las estrechas calles que desembocan en El Alcázar y abandonamos la ciudad por la misma Puerta de Santiago, bajamos una fuerte pendiente de suelo empedrado hasta alcanzar la carretera y subir rampas de cierta consideración hasta Zamarramala, a mano derecha dejamos la iglesia de Vera Cruz, justo a media ascensión. Ya en lo alto Tadeo se mete en el campo –con dirección, ¡vaya usted a saber!- sorprendido, le pregunto, que: -¿qué haces?, que no es por ahí- y justo en ese instante me doy cuenta del por qué ha hecho esa maniobra. Y es que la panorámica de Segovia en ese punto es espectacular, al fondo la sierra nevada con las nubes tocando las cimas de las montañas, el perfil de la ciudad en todo su esplendor, y nosotros pisoteando los pequeños brotes de siembra de algún agricultor.


Cruzamos Zamarramala y entramos en una zona árida, seca, sin árboles ni vegetación, el viento entra del norte y, en un descuido perdemos las señales amarillas que nos guían, aun así, decidimos continuar y tratar de alcanzar Valseca, pero nos hemos ido desviando hacia el oeste y hemos acabado, por suerte, cerca de Hontanares de Eresma, después de haber atravesado una zona de abundantes encinas y fincas ganaderas, - en esta zona íbamos a la aventura, ciertamente-. Al final conseguimos orientarnos gracias a las indicaciones de dos paisanos, que nos dicen, que cojamos una carretera que nos llevará hasta Huertos y allí podremos retomar de nuevo el Camino.

En Huertos, paramos en la iglesia pero está cerrada y decidimos continuar, salimos del pueblo y el paisaje se transforma en amplios campos de cultivo con grandes zonas choperas, rodamos por anchos caminos de tierra intercalados con la antigua vía del tren, en pleno proceso de reconstrucción de la futura vía verde.

En un determinado punto cruzamos el río Eresma y tomamos dirección noroeste para adentrarnos en uno de lo numerosos pinares que hay en esta provincia, y de esa manera comenzamos a disfrutar del nuevo paisaje. Dejamos atrás ésta zona de pinos y nos adentramos por caminos vecinales a través de campos de cultivo dirección Añe, en este momento la inmensidad de los campos de cereal, el cielo de grandes nubes cubriendo el enorme horizonte y al fondo a nuestra izquierda la sierra con las cumbres nevadas, forman una escena de una belleza incomparable y, si a ello, le sumamos la sensación de estar en medio de ninguna parte, el éxtasis es total. Es realmente uno de los más bellos momentos del día y posiblemente del Camino que llevamos realizado.

Seguimos pedaleando y al fondo de los campos podemos ver como asoman las casas de Añe, éste es un pequeño pueblo que debe tener alrededor de 70 habitantes y, para que os hagáis una idea mejor, el único bar que hay en el pueblo sólo abre los fines de semana. Unos vecinos, (que casi tuvimos que sacar de casa, porque no había un alma por la calle), nos indican la vivienda del alcalde, para allá que vamos con la intención de que nos dé su hospitalidad, sabemos por la guía que hay una zona habilitada como albergue, así pues éste nos deja las llaves del albergue y nos dice: -no sé en qué estado estará-. Le preguntamos si hay algún sitio para poder comer, deben de ser cerca de las tres de la tarde, y nos dice que en Armuña seguro, éste pueblo está a 7 kilómetros, así pues, nos decidimos a ir. De camino a Armuña el hambre hace que impulsemos nuestros vehículos con mayor fuerza, el deseo de llegar se hace patente.

Para nuestra sorpresa en Armuña el restaurante está cerrado, -¡no puede ser!, ¡pero cómo es posible!, nos decimos, además el único bar que hay en el pueblo no tiene nada de comer. Aplacamos nuestra ira y preguntamos de nuevo, dónde podemos comer algo, al encargado del restaurante, éste nos dice que en el siguiente pueblo hay un bar que da menús, -¿y a qué distancia está?-, le preguntamos, -a tres kilómetros-, nos dice. Nos armamos de resignación y decidimos tirar, además no hay otra alternativa, total que a la carretera, es un continuo subir y bajar lomas que se nos hacen auténticos puertos de montaña, además el aire entra de frente, ese mismo que nos ha acompañado a lo largo de todo el día y sicológicamente no contábamos con el extra de kilómetros. Una vez en Bernardos nos damos cuenta que de tres nada por lo menos han sido seis kilómetros, la rabia nos invade pero lo primero es comer, así que, le preguntamos por la plaza a un viejuco –éste, tiene una mirada tan limpia y clara que asustaría a cualquier urbanita- nos dirigimos a la plaza del pueblo con toda nuestra intención, ya deben de ser cerca de la cuatro de la tarde.

Nos sentamos a la mesa y disfrutamos de un excelente menú casero, -la mujer después del segundo plato y viendo como ´rebañábamos` éstos, nos dice, que si queremos un par de huevos fritos, a lo que le agradecemos su ofrecimiento pero insistimos en que va a ser demasiado (creo que nos los hubiéramos comido si insiste algo más)-.

Me doy cuenta de que agradecemos todo de manera especial, y es que, el espíritu del peregrino ha encontrado su sitio en nosotros.

Decidimos quedarnos en el pueblo a dormir en el único hostal que hay y las llaves del albergue de Añe se las enviamos en un sobre al alcalde. -cualquiera hace el viaje para atrás con el estómago lleno y además, al día siguiente tendríamos que volver a andar el mismo trozo-. Decidido, nos quedamos a dormir.

Ya en el hostal ducha caliente y descanso total, más tarde un pequeño paseo por el pueblo, vemos un atardecer espectacular, y después a dormir que hay que recuperar fuerzas.

Los datos del cuenta nos dicen: 3 horas 20 minutos de pedaleo y 43 kilómetros recorridos más los 30 inevitables kilómetros del tren, en fin, ya veremos hasta donde llegamos mañana.

18 de junio de 2008

Tercera etapa

Tercera etapa: Bernardos-Puente Duero (Valladolid)

Amanecemos a las 8:00, -hemos dormido como niños-, después de recoger y desayunar, nos ponemos en marcha dirección Migueláñez, deciros que a esta hora los guantes de invierno me resultan insuficientes para la temperatura reinante. Salimos del pueblo por una carretera comarcal ligeramente descendente, rápidamente, cruzamos Migueláñez y continuamos. Una brisa nos recibe, ya, en campo abierto la sensación de frío aumenta y se apodera de nosotros, continuamos, tomamos dirección Navas de la Asunción, recorremos los 12 kilómetros por carretera entre campos agrícolas y pinadas, decir, que son muy abundantes por ésta zona.

Una vez atravesado Navas, decidimos seguir por caminos de tierra, y así, poder disfrutar de las increíbles vistas. El cielo, el campo, los pinos, etc. ciertamente, todo el paisaje es un verdadero placer para los sentidos. Vamos entrando de lleno en una de las numerosas pinadas, el camino atraviesa zonas de tierra muy fina y arenosa (verdadera arena de playa en mitad de castilla), mantenerse sobre la bicicleta es prácticamente una proeza y, con todo, avanzar resulta una tarea casi imposible y requiere un desgaste enorme. Aun así, aprendemos a disfrutar del entorno y a disfrutar del Camino a pesar del esfuerzo. Este trozo va describiendo un rodeo hasta llegar a Coca, último pueblo de la provincia de Segovia, por carretera hubiese sido más directo y menos fatigoso, pero seguro que no tan divertido ni emocionante.

Poco a poco divisamos el pueblo, ya en él y al ser sábado, los sellos hay que pedirlos en el bar, la iglesia y el ayuntamiento están cerrados. Rápidamente dejamos atrás Coca, para seguir nuestro Camino, bajamos un fuerte rampa y salvamos, de nuevo, el río Eresma, ahora toca subir y la rampa cargada de barro resulta exigente, metemos todo el desarrollo a la primera de cambio y subimos despacio, -sin darnos cuenta, estamos aprendiendo que en rutas de este estilo, hay que saber ser conservador y saber ser paciente- así, vamos dosificando de manera natural y regulamos los esfuerzos, de esta manera, podemos controlar mejor las distancias y podemos responder mejor a los imprevistos.

Seguimos atravesando pinos que nos protegen ligeramente del frío viento que entra de costado y a veces de cara, la señalización por esta zona es buena y no tenemos mayores problemas en encontrar las distintas marcas del Camino, como flechas, azulejos con la concha, hitos y alguna que otra tira de plástico en lugares donde es difícil la señalización. A nuestra derecha el río ha formado una garganta de cierta belleza, así pues, no dudamos en deleitarnos con el paisaje, así, como de la compañía de alguna que otra ardilla.

El Camino deja atrás la pinada y salimos a campo abierto, aquí el viento hace daño, pero tanto las vistas de un cielo inmenso con un sin fin de nubes, entre las que se deja ver el azul del cielo como los campos de cultivo forman un increíble paisaje que nos acompañará durante buena parte del recorrido.

En este punto entramos humildemente en Villeguillos, provincia de Valladolid, llegamos hasta la iglesia, que estando cerrada, nos obliga a ir a algún bar a por un nuevo sello, para mi sorpresa antes de que nos bajemos de las bicicletas una señora ha salido a nuestro encuentro, ésta, de talla mediana, cuerpo robusto, morena de cabellos y de tez oscura –sin duda, lo que más me llama la atención es su sonrisa-,así, nos pide fervientemente que hagamos algo por ella, a lo que nosotros contestamos que sí, sin pensarlo. La amable y risueña señora nos pide que dejemos una nota en el bar, debido a nuestra condición de peregrinos, a cambio ella nos invita al té. Ante tal ofrecimiento me falta tiempo para entrar en el bar y comenzar a escribir unas pocas líneas. La señora, de nombre Mabel, tiene la costumbre de colgar las notas en un tablón, donde podemos leer las diferentes notas dejadas por los peregrinos que han pasado anteriormente por este lugar.

Poco a poco, tomamos confianza con la gente del bar, hasta el punto que pasamos un rato largo de verdadera fiesta, el marido de la señora es un auténtico argentino de buen hablar, así que, no nos faltan temas ni motivos por el que entablar conversación y, así, departiendo, las bromas y las chanzas se hacen un hueco entre nosotros. Es un verdadero placer encontrar a personas con tanta vitalidad y con una sonrisa enorme y constante en sus rostros, deciros –que guardo especial recuerdo de este momento del Camino-, decidimos continuar no sin antes rechazar, muy a nuestro pesar, el ofrecimiento que nos hacen de que pasemos la noche allí, nos dicen – ¡que esta noche hay baile! -, y cierto es que nos íbamos a divertir, pero, llevamos pocos kilómetros y tenemos que continuar. Al final Mabel nos invita a los cafés, a las magdalenas y a unas botellas de agua para el camino, decidimos continuar, así pues, nos despedimos de esta maravillosa gente esperando cualquier día poder volver a verlos.

Salimos de Villeguillos y tomamos la Cañada Real de Madrid, también conocida como la de los gallegos, por ser éste el camino que tomaban los gallegos para trabajar en los campos de Castilla.

Seguimos entre pinos y en un punto del camino conocemos a John, es el primer peregrino que nos cruzamos, y el saludo y unas breves palabras son de obligado cumplimiento, es inglés, tiene una cierta edad que refleja en su lento pero seguro caminar, en ningún momento de nuestro diálogo pierde la sonrisa, -estoy empezando a darme cuenta de que: ¿no tendrá algo que ver, el Camino, con el que la gente muestre su lado más amable y cordial?, sin duda, así es-. Nos despedimos de John y más adelante nos encontramos con su compañero, un hombre de nacionalidad holandesa que toma clases de español a través de sus auriculares. Así pues, saludamos y continuamos la marcha, salimos de la pinada para cruzar una carretera y continuar por los caminos vecinales, mientras tanto no dejamos de comer fruta, frutos secos y alguna barrita energética.


Llegamos hasta Alcazarén y decidimos buscar un nuevo sello, de nuevo, un bar dejará su impronta en nuestra credencial, si es que sigue siendo sábado, -a pesar de que tengamos la sensación de llevar una vida por estos caminos-. Continuamos nuestra aventura y seguimos en busca de las flechas amarillas, seguimos entre pinos y claros con el río Eresma a nuestra derecha, dejamos a nuestra izquierda el caserío de brazuelas, en la que podemos ver un cruceiro a su entrada, en pocos kilómetros llegamos a la ermita de Siete Iglesias



Continuamos hasta atravesar el río Adaja, lo hacemos sobre un puente de piedra de bajo perfil, llegamos a una bifurcación, en la que observamos que ha habido mucho movimiento de tierra y, por tanto, no hay señales a la vista. Leemos la guía y resolvemos coger el camino de la derecha y después de una ligera ascensión nos adentramos en una nueva pinada, y ya, a lo lejos, vemos Valdestillas, el cansancio comienza a hacer acto de presencia.

Pasado el pueblo nos dirigimos lentamente a nuestro final de etapa Puente Duero, no sin antes completar una ligera ascensión, que se nos hace algo dura, para afortunadamente acabar la travesía de hoy cuesta abajo, y así, entrar en Puente Duero con cierto relajo.

En el pueblo hay un albergue de la Asociación Vallisoletana del Camino, una vez allí nos recibe efusiva y calurosamente, -no tengo palabras para describir la sensación que me produce tal recibimiento- Arturo, el hospitalero encargado del albergue, es un peregrino veterano y se encarga de mantener y coordinar todo lo que se refiere al Camino a su paso por la provincia. De esta manera nos recibe y nos repite constantemente que estamos en nuestra casa, - y de esa forma lo siento- Arturo consigue que rápidamente el albergue pase a formar parte de nosotros y, por tanto, que disfrutemos y cuidemos de él, se trata de una casa prefabricada con tres habitaciones, un salón, una cocina y un baño y con un futuro huerto, es un sitio humilde pero, sin duda, tiene algo especial y, ¡ya! , me siento como en mi propia casa.

Charlamos un rato con Arturo, que nos aconseja que Camino debemos seguir y qué cosas no nos debemos perder, de la misma forma nos invita a que comamos lo que queramos de la despensa del albergue, e incluso nos ofrece una copa de vino, -este hombre es increíble-, me digo; nos despedimos de Arturo hasta la mañana. Después de una ducha caliente y unos bocadillos, nos relajamos en el albergue y descansamos. Le hecho un vistazo al cuenta, y este me dice: 5 horas 27 minutos de pedaleo y 74,12 kilómetros recorridos.

Después, caemos redondos en nuestras literas.

17 de junio de 2008

Cuarta etapa

Cuarta etapa: Puente Duero-Medina de Rioseco.

Hoy hemos intentado madrugar algo más, pero aun así, lo hacemos a las 7:45, Tadeo ha preparado un desayuno de auténtico lujo, `pantumaca´, café y algo de fruta, -¡como reyes!-,después de recoger los bártulos y de echarle un manguerazo a las máquinas y engrasarlas, nos despedimos de Arturo, no sin antes, agradecerle infinitamente su hospitalidad, echamos algo en el vote de los donativos y dejamos escritas unas líneas en el libro del peregrino,-¡Hasta pronto Arturo, nos vemos en el camino!-.

Salimos del albergue y cruzamos el puente que salva el río Duero, observamos el caudal de este río, un verdadero espectáculo. Comenzamos a pedalear entre una nueva pinada, el suelo es arenoso y a esta primera hora de la mañana resulta extremadamente duro avanzar sobre este terreno, a nuestra derecha está la carretera, así que, después de sufrir durante largo rato, decidimos tomar el asfalto. Para nuestra sorpresa, al otro lado de la misma, vemos un carril bici, - ¡a por él! -, nos decimos.

Una pendiente favorable nos ayuda a entrar en Simancas sin muchos esfuerzos, cruzamos el río Pisuerga por su famoso puente medieval, y ello va a significar dejar el valle del Duero y adentrarnos en la comarca de: Los montes Torozos. Entramos en el pueblo y nos recibe un fuerte repecho que nos obliga a tomarnos nuestro tiempo, la mañana, el peso de la bicicleta, el cuerpo que aun no ha encontrado su temperatura, todo ello hace que mi compañero se adelante, mientras que nuestro segundo aventurero se lo toma con mucha calma, una vez arriba contemplamos un majestuoso castillo, a partir de aquí, tenemos que salvar la autovía por un paso subterráneo, en este punto tengo mis dudas sobre que dirección tomar, he dejado de ver las flechas amarillas y decido retroceder hasta la última marca que recuerdo, una vez allí, y ya más atento, encuentro la buena dirección, y así pues, continuo.

Giramos a la derecha y nos encontramos con otros peregrinos, éstos, inmóviles, nos acompañan brevemente y consiguen arrancarnos unas ligeras sonrisas. Son esculturas, que además de acompañarnos, nos recuerdan que vamos en la buena dirección.




Tras subir un collado exigente nos dejamos llevar por la pendiente hasta Ciguñuela, no sin antes pararnos en una pequeña casa común donde las puertas están abiertas a aquél que desee entrar, observamos que, -¡hasta la chimenea está encendida!-, con el frío de la mañana y el aire fresco, le digo a mi compañero,- no me lo digas, ya lo sé, pero tenemos que seguir-, y es que todo invitaba a entrar y echar un rato en tan acogedor lugar.





Después de subir una rampa alcanzamos la meseta, a partir de aquí, nuestro paisaje serán los infinitos campos de cereal y el cielo majestuoso que llega hasta donde alcanza la vista. Atravesamos Ciguñuela sin ninguna esperanza de encontrar a alguien que nos ponga el primer sello del día, es domingo, y en éstos pequeños pueblos de Castilla no se ve a nadie por la calle, salimos del pueblo dirección Wamba, después de bajar y subir los desniveles producidos por los ríos, alcanzamos de nuevo la meseta.

El cielo está nublado y amenaza agua, y un viento del norte nos acompaña e impide que avancemos de una forma normal, la meseta agrícola es el páramo, la soledad, la inmensidad, el desamparo, la añoranza. Pero también es el empuje, el coraje, la motivación y la ilusión por seguir, así pues por caminos de tierra blanda y, a veces, campo a través, continuamos hasta Wamba.

Antes de llegar al pueblo hay que salvar un descenso corto pero de fuerte pendiente, el pueblo se sitúa en un hoyo que cruza el arroyo Hornija, éste trozo lo hacemos por carretera, recordando los consejos de Arturo sobre el mal estado de la calzada romana, para las bicicletas.

Ya en el pueblo, observamos detenidamente la belleza de su iglesia y sus construcciones colindantes, la cabecera es del siglo X, el crucero y el resto es románico, nos han hablado que la iglesia esconde un impresionante osario, pero ésta, está cerrada. Así pues, continuamos.

Salimos del pueblo y el camino pica hacia arriba, dejamos a nuestra derecha la ermita del Cristo, y alcanzamos de nuevo la meseta. Una vez arriba, se nos unirá un compañero poco grato para los ciclistas, el viento, éste entra de costado casi de frente y endurece enormemente el avance, aun así, poco a poco conseguimos avanzar.





A lo lejos divisamos Peñaflor, pueblo situado en lo alto de un espolón, inmejorable su posición defensiva, para entrar en el pueblo hay que bajar un barranco pedregoso para, después, subir de nuevo todo el desnivel perdido. Una vez arriba las vistas son magníficas, pero los cuerpos se resienten de la exigente subida, así que, decidimos tomarnos un descanso y disfrutar de la panorámica, a pesar del aire frío que nos acompaña.





Después de comer algo descendemos, de nuevo, por un camino empedrado hasta el río Hornija, lo cruzamos por un estrecho puente y continuamos por caminos que discurren entre pequeñas parcelas en las que abundan los chopos, las zarzas y una espesa hierba.

De nuevo subimos a la meseta y navegamos entre los inmensos campos de cereal, aunque la siembra no está muy crecida, el movimiento producido por el viento en los tallos, nos produce la sensación, de estar surcando un enorme mar verde bajo un inmenso cielo de enormes de nubes.

Después de un largo rato de navegación, alcanzamos a ver a lo lejos, la torre de la iglesia de Castromonte, que, cual faro, nos indica la correcta dirección a seguir.

En Castromonte, también es domingo, así que, no podemos hacer nada más que continuar con nuestra andadura. Ya por carretera, atravesamos el río Bajoz, desde aquí y hasta Valverde de Campos seguiremos surcando las verdes olas del cereal castellano, la tierra comienza a ser arcillosa y los deslizamientos que provoca en la bicicleta resultan peligrosos, y así, después de una bajada, llegamos hasta Valverde de Campos.


Aquí, intentamos buscar un nuevo sello, pero resulta una tarea imposible, y es que, no hay un alma por la calle, solamente un amable vecino que nos dice que están construyendo un albergue para peregrinos pero que el alcalde vive, -¡no sé donde!-, y que no hay nada que hacer, así pues, decidimos seguir.

Después de cinco escasos kilómetros, hacemos nuestra entrada en Medina de Rioseco, entramos por la plaza mayor y el reloj nos recuerda que son las dos de la tarde y le digo a mi compañero, que -si hacemos noche aquí, nos da tiempo a apretarnos un menú-, así pues, no lo dudamos y buscamos el albergue, éste, es el puesto de socorro de la cruz roja, llamamos a Javier, el encargado de las instalaciones, que por cierto disponen de todo, agua caliente, cocina, buenas camas, en fin, todo un verdadero lujo.

Después de reponer fuerzas, decidimos descansar, y en este momento del día la paz nos embarga y pasamos momentos de verdadera calma, y es que, el esfuerzo empleado deja los cuerpos preparados para un verdadero descanso.

Después de un par de horas de calma total, decidimos salir a ver ésta pequeña ciudad, nos damos cuenta de la enorme belleza del lugar, La iglesia de Santiago, la plaza Mayor, sus calles de soportales de madera, la terminación del Canal de Castilla y un sinnúmero de iglesias y monasterios hacen de esta ciudad un lugar de obligada parada.


A esta comarca se la conoce como Tierra de Campos, aquí el tiempo parece que se haya detenido, la quietud impone su ley, y la fuerza de la rutina ejerce su dominio.

Ahora sí, después de cenar algo, nos metemos en el sobre dispuestos a descansar y recuperar fuerzas después de un largo y duro día de Camino, e igual, al que nos espera la próxima mañana.

Un último vistazo al cuenta, antes de dormirnos, y éste dice: 4 horas 28 minutos de pedaleo y 53,57 kilómetros recorridos.

Y así, nos dormimos con la idea de alcanzar mañana Sahagún, y con él, el camino francés. Pero eso será mañana, y además, serán las circunstancias que se nos presenten, las que nos indiquen hasta dónde llegaremos.

16 de junio de 2008

Quinta etapa

Quinta etapa: Medina de Rioseco-Sahagún (León).

Suena el despertador con una violencia inusitada, con lo a gusto que se está en el saco,-¿yo?, ¡no salgo!- me digo, además estaba teniendo uno de esos sueños tan sugerentes…mmmnnn…uno de esos sueños, en los que uno atraviesa enormes campos de cultivo a gran velocidad y sin cansarse lo más mínimo. –Vamos, que mejor me levanto-.

Prepararse, ya es todo un ritual: recoger el saco, la sábana, la ropa, vestirse, lavarse, embolsar, estirar, hinchar las ruedas, engrasar…y un largo etcétera, después de todo el proceso, dejo unas líneas escritas en el libro del peregrino…-!Hasta pronto amigos y gracias por la hospitalidad!-, cierro la enorme puerta del local de la Cruz roja y tiro las llaves dentro a través de una ventana, y le pregunto a mí compañero-¿Desayunamos?-, y éste me responde- ¡Claro hommbre… ya estás tardando!-, pues nada al lío, que hay que reponer fuerzas. En este momento me viene a la cabeza la idea de que, ¡cómo comemos!, creo que nos pasamos el día comiendo y pedaleando, y así, pedaleando y comiendo, me doy cuenta de que mi cuerpo ha empezado a aprovechar cualquier partícula que pueda metabolizar y convertirla en energía, lo quemo todo.




Terminamos de desayunar en el bar de la estación de autobuses, al mismo tiempo que nos preparamos, desembarca un autobús repleto de niños dispuestos a afrontar un nuevo día de colegio, y claro está, acierto a escuchar a uno que dice-¡mira estos cómo van, a las 9 de la mañana, con la que está cayendo!-, y pienso, -eso mismo me pregunto yo (!)- un termómetro, seguro que defectuoso, marca la simbólica cifra de un grado, si, sí…un grado, ¡¡bajo cero!!.

Cruzamos Medina hasta alcanzar el camino que discurre en paralelo al canal de Castilla en su ramal sur, éste es precioso a esta hora, la bruma de la mañana emergiendo del agua, el sol intentando asomar sus tímidos rayos de luz , la silueta de una torre a lo lejos en el horizonte…y por momentos mis dedos dejan de responderme…¡qué frío!, muevo incesantemente los dedos para ganar sensibilidad, los muevo durante largo rato y prácticamente hasta que me canso de abrir y cerrar los puños, al rato noto como la sangre fluye por entre mis falanges, y así, una sonrisa de alivio hace aparición en mi rostro, bajo el forro polar que cubre mi cara.




El camino es un espectáculo, voy levantando conejos, patos y diversos animalillos que se cruzan a mi paso, imagino, que no estarán acostumbrados a que nadie les moleste a esta hora de la mañana, pero hoy no, hoy, vienen dos peregrinos madrugando.


Llegamos hasta la séptima esclusa, después de dejar atrás varios puentes, la esclusa salva el desnivel acumulado del terreno por donde se construyó el canal, en este punto, éste gira a nuestra izquierda dirección este y nosotros seguimos dirección norte, continuando en paralelo, esta vez, al río Sequillo, por un camino de tierra de buen firme hasta Tamariz.

Ya en el pueblo, las ruinas de un campanario nos reciben, he de decir que la opción que hemos tomado al venir por el canal, no es el camino original, sino, una alternativa y, que más adelante sabremos porqué.





Cruzamos el pueblo y seguimos recto, hemos dejado de ver las marcas del camino, pero, aún así, seguimos; craso error, hacemos varios kilómetros de más en dirección este, -que si, que no, que la flecha, que tu, que yo-, retrocedemos, nos hemos colado, en este momento mi compañero me comenta sabiamente que somos dos y, por tanto, dos opiniones a tener en cuenta, -momento delicado que nos recuerda que la comunicación y el compañerismo son fundamentales para llegar a buen puerto en toda aventura-, de nuevo en el pueblo tomamos el camino correcto, bueno, mejor dicho la dirección correcta, puesto que el “camino” no venía señalado en la guía-¿ y os preguntaréis por qué?-





-Pues, os responderé-, porque no se puede pedalear por caminos de arcilla, en la cual, la bici se hunde un palmo bajo el espeso barro rojo de esta tierra, en donde las ruedas se bloquean fruto del barro acumulado en la horquilla, en donde los cambios están tan embadurnados bajo los compactos bloques de tierra que se hace imposible cambiar de velocidad, y en donde la suela de las zapatillas tiene un grosor de diez centímetros mayor al normal, y es así, y por todo ello, por lo que éste camino no viene reflejado en ninguna de las guías, y por lo que resolvemos calificar como una infernal trampa para ciclistas.

En mitad del sufrimiento, recuerdo las sabias palabras que escuché decir a alguien, decían algo así: …¡¡lluvia, viento, nieve, barro y fuego…así es el Camino de Santiago!!.

De esta manera, avanzamos penosamente durante algún kilómetro hasta que, de repente, y ya, superando el duro trance, un camino se abre a nuestra izquierda, que en breve, nos llevará hasta la carretera y nos librará de la pesadilla de estos campos.

Ya en la carretera, intentamos quitar los pedazos de tierra de la bici, no se pueden ver los tacos de la rueda, increíble, -¡que desastre!-, avanzamos hasta Cuenca de Campos. En una fuente aseamos, adecentamos y engrasamos nuestras sufridas monturas. Después de tomar un té en una casa rural y reponernos de la pasada penuria, sellamos la credencial e intercambiamos opiniones con veteranos peregrinos, ahora vestidos de civil, que nos aconsejan que sigamos por carretera hasta Villalón de Campos.

Villalón es un bonito pueblo, con sus casas típicas de ladrillo y tapial, y los soportales sostenidos por un pie derecho y una zapata de madera, su famoso rollo de la justicia hecha con la piedra sobrante de la catedral de Burgos, y sus buenas gentes que nos indican la dirección a seguir.

Aprovechamos para aprovisionarnos en uno de los innumerables comercios, una vez dentro de éste, el gran número de mujeres se extraña al ver a dos individuos de tal guisa, y así, comienza el cachondeo, -que de dónde venís, que dad recuerdos cuando lleguéis, etc. etc.-, vamos, que nos echamos unas risas con las señoras.

Seguimos por carretera hasta Fontihoyuelo, aquí, decidimos coger algo de camino para esquivar el monótono asfalto, no sin antes preguntar en qué estado se encuentra para evitar nuevos sobresaltos. Así, avanzamos lentos, pero a la vez disfrutamos al máximo del increíble y solitario paisaje, así como de las numerosas garzas reales que pueblan el lugar, además de milanos, aguiluchos y una innumerable variedad de aves que dan cuenta de la riqueza ornitológica de esta tierra.


Apenas se divisa una sombra en decenas de kilómetros, y a mi cabeza asalta una pregunta, -¿qué será de aquellas pobres gentes que crucen estas tierras en época de estío?-. Y una respuesta susurra en mi oído,… ¡ese es el Camino de Santiago!.

Llegamos a Santervás de Campos, paramos para comer unos frutos secos y descansar, los desniveles en esta zona del camino no son muy importantes pero la inmensidad de los campos y los kilómetros acumulados se dejan notar en las piernas, la fatiga empieza a aparecer, así que, después de un breve descanso decidimos continuar, son cerca de las dos y media de la tarde y nos planteamos llegar a Sahagún para comer.

Así pues, dejamos atrás Melgar de Arriba, Galleguillos de campos y San Pedro de las Dueñas, aquí, hace rato que nos encontramos en la provincia de León, esto supone una inyección de moral, vemos como se suceden las provincias, y después de unos pocos kilómetros por carretera, por fin, llegamos a Sahagún de los Campos, final del camino de Madrid, aquí enlazamos con el camino francés algo que se nota nada más llegar al albergue, debido al gran número de peregrinos que encontramos en él. En este momento no puedo evitar contener la felicidad que me produce observar como hay más personas haciendo el Camino, y es que, hasta ahora sólo nos habíamos cruzado con dos peregrinos, John y su colega holandés.


Nos duchamos y a las cuatro de la tarde conseguimos que nos sirvan un exquisito menú que degustamos insaciablemente, espaguetis y carne mechada, si es que,-¡nos lo hemos ganado!-, nos decimos.

Ahora, solo nos queda tirarnos en la cama y descansar.

Por último los datos del cuenta: 68,83 kilómetros recorridos y 4 horas 34 minutos de pedaleo

15 de junio de 2008

Sexta etapa


Sexta etapa: Sahagún-Villadangos del Páramo.

Oigo pasos, algún rumor, poco a poco, el ruido aumenta y me doy cuenta de que los peregrinos madrugan más que los ciclistas (o bicigrinos), pues éstos necesitan más horas que nosotros, en fin, que hay que levantarse.

Después de recoger y equiparnos, nos dirigimos a la plaza Mayor del pueblo, no sin antes, deciros, que Sahagún, aunque siendo un pueblo pequeño, posee numerosos rincones que sorprenderán a cualquiera simplemente con darse un pequeño paseo por el pueblo. (Ayer por la tarde, llegué hasta el cementerio y después de subir un pequeño puente, allá a lo lejos, las vistas me regalaron una estampa maravillosa de los Picos de Europa con sus cumbres nevadas, impresionante, todo un espectáculo después de recorrer tantos kilómetros por la meseta.)


Bueno, como os decía, íbamos camino de un bar dispuestos a desayunar. En la misma plaza entramos en uno de ellos y pedimos tostadas y té, para ir cogiendo fuerzas. El camarero, dueño del bar, un hombre de mediana estatura, de mirada amable, pelo blanquecino por el paso de los años, muy alegre y como dijo él mismo, muy feliz, pero sobre todo muy hablador, la verdad, es que, es todo halagos con los peregrinos y se nota que disfruta hablando con todos, lo hace incluso con los alemanes, y éstos, aunque extrañados no pierden la sonrisa -e imagino, que no entienden nada-, pero eso a nuestro amigo no le importa, él les repite las cosas las veces que hagan falta, pero eso sí, en castellano.-Nuestro amigo nos anima, a ver si somos capaces de encontrar en el Camino, a alguien, que hable tanto como él. (Realmente, lo dudo)-. Pedro, que así es su nombre, nos confiesa, a medida que aumenta nuestra confianza, que cuando se jubile quiere hacer el Camino, así que, desde aquí le animamos a ello y le deseamos buen camino, ¡¡Ultreia, amigo!!.

Dejamos Sahagún por un camino de tierra, preparado especialmente para los peregrinos, éste lo adecentaron el último año Jacobeo, como alguien nos contó, (se nota que aquí han invertido), son unos 30 kilómetros de camino recorridos por una hilera de plataneros en su margen, ofreciendo su amable sombra al peregrino, con continuas zonas de descanso. Por esta zona adelantamos a muchos peregrinos, reconocemos a alguno de ellos del albergue, la mayoría parecen extranjeros y empiezo a pensar, que difícilmente volveremos a sentir aquella inconmensurable soledad de la meseta, que por otra parte, era todo un placer.

Llegamos a El Burgo Ranero, pequeño pueblo de 50 habitantes y dos bares, decidimos entrar en uno de ellos a refrescarnos, y he aquí, que nos encontramos con una de esas personas singulares que pueblan el Camino, el dueño del bar, un hombre de unos 35 años, moreno de piel y también de cabellos, ojos marrones, estirado, y al igual que nuestro amigo Pedro, muy hablador, (aun recuerdo a Pedro decirnos, -difícilmente encontraréis a alguien que hable tanto como yo-, decía), pues bien, no sé si habla más, pero lo que es seguro es que habla tanto como él, (que no es poco). Total, que charlando con este hombre, nos cuenta de todo, incluso las desavenencias que tienen entre vecinos, nuestro amigo continua hablando de aquello que primero se le ocurre, habla y habla, ya nos despedimos de él, e incluso aquí, sale del bar para comentarnos la última jugada. Y así resuelvo con Tadeo que, en efecto, este hombre habla más que Pedro.

Continuamos la travesía y, poco a poco, nos acercamos a León, ya, en las afueras de la ciudad voy por delante de Tadeo a cierta distancia, y en un punto determinado, entre unas naves industriales decido esperarlo, espero y espero y no aparece, -que raro- me digo, -tampoco nos habíamos separado tanto-, le pregunto a dos ciclistas que, si han visto a un peregrino en bici, tal y tal, y éstos me advierten de que el Camino no va por aquí, que continua por la carretera, pues nada, decido retroceder y buscar la dirección correcta, en este punto me voy metiendo por la circunvalación de León, éste tampoco parece el Camino pero estando tan cerca de la ciudad decido entrar en ella por esta vía, y ya veremos a dónde llego y qué pasa con Tadeo.

Me adentro en León, una ciudad con mucho encanto, me hace gran ilusión conocer la ciudad de esta manera, pues, nunca antes había estado aquí, sigo las flechas amarillas y callejeo, se nota que aquí están acostumbrados a ver peregrinos, puesto que, paso totalmente desapercibido entre la gente, algo impensable en aquellos pequeños pueblos de Segovia o Valladolid, entro en el casco antiguo y siguiendo mi intuición callejeo hasta el centro neurálgico de la ciudad, y para mi sorpresa, justo detrás de una esquina, aparece majestuosa e inmensa…la Catedral de león, espectacular todo una sorpresa que me deja inmóvil y, por qué no decirlo, estupefacto.

Una vez aquí, y aunque no voy junto a mi compañero, no tengo la sensación de que nos hallamos perdido, solamente, pienso que, por momentos los designios del Camino han hecho que cada uno haya tomado direcciones distintas, pero estoy seguro de que el mismo Camino que nos separó nos ayudará a encontrarnos, y no pasan ni diez minutos de tener estos pensamiento, cuando, aún delante de la Catedral, giro la vista a mí derecha y… ¡allí está Tadeo!, la alegría nos invade y nos damos un gran abrazo.



Después de comentar la jugada, decidimos entrar en la Catedral y echar un vistazo, las enormes vidrieras de colores llaman rápidamente mi atención, pero el párroco está cerrando, son las 13:30. Aprovecho para dar una vuelta rápida por el interior de la Catedral y buscar un nuevo sello.

De nuevo, callejeamos por León hasta llegar a la plaza de San Marcos, bonita plaza con su escultura al peregrino. Hacemos un breve alto en el camino antes de cruzar el río Bernesga y salir de la ciudad.



Ahora toca subir, alcanzamos un alto desde donde tenemos unas vistas inmejorables de la ciudad y en donde podemos ver las numerosas cuevas-bodegas que hay por esta zona, paralelos a la carretera y dirección oeste tenemos nuestra primera avería mecánica y, he de decir que la única, un pinchazo en mi rueda delantera, en breve, solventamos la avería y continuamos, a lo largo de todo el día y a nuestra derecha, nos han acompañado las increíbles vistas de los Picos de Europa, por cierto, con bastante nieve. Después de dejar atrás un par de pueblos llegamos a Villadangos, cerca queda Puente Órbigo, y cerca ya, la Cruz de Ferro, la cota más alta de nuestro recorrido, 1500 metros de altitud.

Decidimos hacer noche en el albergue de Villadangos, el pueblo en su origen fue una ciudad astur y romana. Y según la guía, la reina doña Urraca donó este lugar al obispo de León en 1112. Tuvo un hospital de peregrinos y, deciros, que su templo posee una curiosa talla de Santiago Matamoros.

Ya en el albergue y después de una reconfortante ducha y, de recuperar fuerzas, con una improvisada merienda, decido, por fin, lavar los calcetines, una tarea que he ido postergando en el tiempo todo lo que humanamente ha sido posible, pero ahora ya, ciertamente, es una tarea urgente.

Después de charlar con los peregrinos que se encuentran en el albergue, decidimos descansar un poco antes de salir a dar un paseo por el pueblo y cenar algo.

Así pues, miro el cuenta antes de caer redondo, y éste nos dice que, hemos estado 5 horas 11 minutos de pedaleo y hemos hecho 76, 37 kilómetros, no está mal por hoy, pero ya veremos mañana que nos depara el camino.

14 de junio de 2008

Séptima etapa

Séptima etapa: Villadangos del Páramo-Ponferrada.

Villadangos es un pequeño pueblo agrícola con pocos servicios, ayer, nos dimos una vuelta por el pueblo para estirar las piernas antes de acostarnos,-curioso, pero no he visto tantos cuervos en ningún otro sitio como aquí-, “cenamos ligero” una crema de verduras… y un buen plato de cordero con patatas, ¡delicioso!, éste nos da fuerzas para la próxima etapa.

Ya de mañana, descansados y recogido el equipo, nos preparamos para afrontar otro duro día de Camino, son las 8:30 y nos ponemos en marcha, pero -¡aún no hemos desayunado!- le digo a mi compañero, el cordero nos ha dado energías, pero las tostadas no podemos perdonarlas, así que, en el siguiente pueblo San Martín del Camino, paramos en el primer bar para desayunar, tostadas, zumo y té. Por cierto, la chica que nos atiende es una belleza además de ser muy simpática, así que, charlamos de todo un poco a esta primera hora del día y nos despedimos, que apenas hemos comenzado y hay que continuar.

Tomamos un camino bastante decente que discurre paralelo a la carretera, éste nos lleva hasta Órbigo, deciros que posee un puente espectacular, tiene 21 arcos y pertenece a las épocas, romana, medieval, renacentistas y alguna más reciente, según dice la guía en el año 1434 tuvieron lugar las justas caballerescas de don Suero de Quiñones que, al no ser correspondido en amores por una dama, se comprometió a desafiar a cuantos caballeros europeos aceptasen su reto y a defender el paso del río hasta romper trescientas lanzas. Acabada la justa, don Suero se encaminó a Compostela a dar gracias al Apóstol y el puente recibió el título de Paso Honroso.


Así que, por momentos tengo la idea de emular a don Suero de Quiñones y batirme con cuantos caballeros fuese necesario por aquella doncella,-que recordaréis-, con tanta gracia nos preparó el desayuno. Aquí Tadeo, sabiamente, me para los pies y me saca de mi breve enloquecimiento, haciéndome recobrar el juicio y obligándome a continuar nuestra travesía.

Dejamos atrás el puente y mis pequeñas quijotadas y atravesamos Hospital de Órbigo (824m), aquí, aprovechamos para comprar fruta y algún que otro alimento. A partir de aquí dejamos de ver la carretera y nos adentramos por un camino a través del monte, el paisaje empieza a cambiar, se ven los primeros robles y los repechos se hacen frecuentes, hay alguna zona de cultivo, almendros, y alguna que otra encina.

Ya en Villares de Órbigo, diminuto pueblo donde no hay ningún servicio a excepción de la fuente del pueblo, decidimos buscar nuestro primer sello del día y cuál será nuestra sorpresa que al tocar el timbre del albergue, nos abre la puerta un hombre italiano diciendo que, -¡qué horas son estas de llamar, que son las 10 de la mañana!-, rápidamente nuestro amigo se descojona al ver nuestra cara de asombro, éste nos invita a pasar y a tomar un café, la verdad es que nos lo habíamos tragado,-vaya elemento- me digo, nuestro amigo italiano se llama Hércules, es un tipo de unos cuarenta años, con una enorme sonrisa en su rostro y siempre dispuesto a bromear, nos comenta que estará aquí hasta Septiembre de hospitalero y luego se irá a Tarifa, en ese instante me digo,- creo que este tipo sabe vivir bien-, después de echarnos unas risas con él decidimos continuar, nos comenta que la Cruz de Ferro es un “puertecito” de nada, -ya veremos-, le digo a Tadeo.




Así pues, continuamos hasta Astorga, primero alcanzamos San Justo de la Vega y poco después entramos en Astorga (900m). Me reúno con mi compañero en la plaza del ayuntamiento viendo a la pareja de maragatos en su reloj mientras doy cuenta de uno de los deliciosos hojaldres que hacen por esta tierra, además de los dulces compro ¾ kilo de frutos secos,- gran idea antes de comenzar el puerto. Eduardo, ¡estás hecho un lince!-, me digo.


Salimos de Astorga bordeando su gran muralla y tomando dirección Murias de Rechivaldo, ya, al fondo se divisan los montes de león, mientras que al norte nos acompaña aún la estampa de los Picos de Europa.

A partir de aquí el camino empieza a picar hacia arriba con cierta dureza, pasamos pequeños y diversos pueblos, además de varios grupos de peregrinos en su mayoría alemanes jubilados. Seguimos subiendo, aquí, dejo un poco rezagado a mi compañero, voy cogiendo ritmo y tengo buenas sensaciones, por el momento la temperatura es agradable y luce el sol, así que, por ahora, las condiciones son perfectas para atacar el puerto, continuamente me alimento y bebo, debemos llevar cerca de 40 kilómetros.



Dejo a mi izquierda un roble centenario, le llaman el árbol del peregrino, hago alguna foto y continuo, así, poco a poco, llego hasta el último pueblo antes de comenzar el puerto, Rabanal del Camino (1162m), este es un momento delicado, pues ya no habrá otro albergue hasta descender el puerto. Así, que tengo que tomar la decisión de hacer noche aquí o afrontar la dureza de la Cruz de Ferro hasta el final, así pues, las sensaciones son buenas y me decido por lo segundo, dejo atrás Rabanal, pequeño y bonito pueblo de casas de piedra muy bien conservado con numerosos albergues.


Son las dos de la tarde y llevamos 50 kilómetros y aparecen las primeras rampas del puerto, éstas las hacemos por un buen camino de tierra, cómodo y limpio, aquí me quito las mangas, el casco y me coloco el pañuelo en la frente, hace calor y la estufa se está encendiendo, meto los riñones, coloco la palanca y a subir, alcanzo a un alemán y decido pasarlo, al momento me sorprendo de que solo lleva una alforja y parece que vacía (!), -¡que raro!- me digo, en fin, a lo mío, que no es otra cosa que seguir subiendo, paciencia y a ritmo, curva a izquierda, curva a derechas, el alemán me sigue a cincuenta metros, al frente vemos cada vez más cerca los montes de león, hay algo de nieve, aquí el monte es una explosión de color, la flor de la escoba está en plena floración y el amarillo del campo es todo un espectáculo.



Sigo con la palanca y subiendo, bebo agua constantemente, sin duda, es el día que más calor nos ha hecho, por el momento los músculos responden así que sigo a buen ritmo, la carretera serpentea y con paciencia sigo subiendo, las rampas no son especialmente duras pero los kilómetros acumulados y el peso que llevamos se hacen notar,-hay que ser conservador-, me digo, pero sigo subiendo a ritmo, por fin, alcanzo el puerto de Foncebadón (1531m), breve descanso y después vienen algunas rampas duras que me obligan a levantarme de la bici, así, gano empuje y cambio de posición, por momentos, el trasero se va quejando después de tanto tute.



A partir de aquí entramos en la zona de El Bierzo, suave y corta bajada, y de nuevo, subida hasta la Cruz de Ferro (1500m), parada obligada para descansar, comer fruta y abrigarme para el descenso, al poco tiempo aparece el alemán, intercambio unas breves palabras en inglés y me doy cuenta de que lleva coche de apoyo, de ahí que no lleve equipaje, rápidamente nos despedimos y continuo, aquí las vistas son espectaculares, los montes, la luz del día, la altitud, el esfuerzo, en fin, continuo y rápidamente me doy cuenta de que todavía me queda algún repecho más que salvar antes del descenso, así que más paciencia, me digo, atravieso Manjarín, solo tiene un habitante, y dejo atrás un curioso albergue donde todo está dispuesto para el peregrino, café, té, galletas, vino, agua, etc. y lo mejor de todo es que no hay nadie que lo atienda, únicamente la buena voluntad de cada uno y un pequeño bote para dejar la voluntad, un sitio especial, sin duda.

Ya el descenso es increíble, hay curvas cerradas con mucho peligro, así que, decido tomármelo con calma y disfrutar, cruzo El Acebo (1140m), bonito y pequeño pueblo de montaña, poco a poco, llego hasta Riego de Ambrós (920m), aquí paro a relajarme con el ruido del agua a su paso por el magnífico puente que tiene Ambrós, así como de los cálidos rayos del sol, al rato decido tirar hasta Ponferrada, algún repecho me sorprende y hace que sufra un poco más de lo esperado, pero ya huelo Ponferrada y el albergue y con ello el merecido descanso, pero aun queda algún kilómetro.

Callejeo por Ponferrada antes de entrar en el albergue, una vez en éste, los estiramientos dan paso a la esperada ducha y, de seguido, el primer momento de descanso total del duro día. Al rato aparece Tadeo con cara de cansancio, no es para menos, después de pasar la primera etapa de montaña.

En el albergue compartimos habitación con dos peregrinos más, uno de ellos es realmente una máquina andando, se ha hecho 40 kilómetros, con el puerto de por medio, da la casualidad de que nuestros compañeros se llaman de forma parecida, uno es Robi y la máquina de andar es Robbi, mañana os los presento, ahora un breve vistazo al cuenta y a descansar, y éste dice: 88,62 kilómetros recorridos y 6 horas 12 minutos de pedaleo.

13 de junio de 2008

Octava etapa

Octava etapa: Ponferrada-Fonfría.

Ayer, salimos a cenar con nuestros compañeros de habitación, Robi, canadiense, tiene cerca de la cincuentena, es fotógrafo, un tipo alegre y de buen humor; el otro compañero se llama Robbi, es de mediana estatura, cabellos largos y rondará la cuarentena, es originario de la Isla de Man, nos contó que hace todo tipo de deportes,- y me lo creo, porque la etapa que se marcó ayer es casi de un profesional, 40 Km. a pie con el puerto de Foncebadón, de por medio, una máquina-. Fuimos a cenar a la Asociación del minero, pasta y tortilla de patatas, ¡un escándalo de cena!, -recomendable-, a las 10 de la noche cierran el albergue, así que, nos damos prisa en llegar que hay que descanar.

Duermo de lo lindo, descanso y recupero. Ya, de mañana, suena el despertador y ninguno de los cuatro quiere ser el primero en levantarse, pero alguien tiene que hacerlo, Tadeo toma la iniciativa. Después de apañar el equipo nos despedimos de nuestros amigos, echamos unas fotos y nos deseamos buen camino.

Nos ponemos en marcha, lo primero es desayunar le digo a Tadeo, llegamos a la plaza del reloj, donde nos preparan un estupendo desayuno. Aquí, comienza a llover, así que decidimos enfundarnos los chubasqueros,- que ya no nos quitaremos en todo el día-.

Salimos de Ponferrada subiendo ligeros collados y rodeados de vides, el camino está lleno de barro que hace estragos en las máquinas y nos pone guapos para el resto del día. Continuamos, las sensaciones son buenas, nos cruzamos con cuatro bicigrinos que acaban de empezar el camino y desgraciadamente, ya tienen problemas con los soportes de las alforjas, cruzamos unas breves palabras y seguimos, la temperatura es fresca y llueve moderadamente pero de forma continua, aquí el Camino discurre paralelo a la antigua nacional seis.



En este tramo rodamos por el arcén habilitado para los peregrinos, el paisaje es todo un espectáculo, llevamos el río Valcarce a nuestro lado, -baja repleto de agua-, y así con las imágenes del río y su gratificante sonido llegamos hasta Vega de Valcarce, aquí, paramos a por nuestro segundo desayuno, nos ha llovido toda la mañana y este descanso recompone las maltrechas fuerzas y además intuyo que el puerto no debe estar muy lejos, así que, comemos, bebemos y cogemos algo de calor, además de colocar un nuevo sello en nuestra credencial.

A partir de aquí, subimos unos pocos kilómetros de forma suave y por carretera. Alcanzado este punto, el Camino gira a la izquierda dejando la nacional seis y descendiendo hasta el río que cruza el pequeño pueblo de Hospital (680m), cruzamos de nuevo el río y la intuición me dice que este paso marca el inicio del puerto, así, que me voy preparando mentalmente para lo que pueda venir. No me equivoco, comienza el puerto con rampas de cierta dureza y bajo una cortina de agua, la vieja carretera comienza a serpentear entre un frondoso monte, por el momento las sensaciones son buenas, así que, me lo tomo con calma.

En este punto me he distanciado de mi compañero, aquí, uno sólo puede encomendarse a la paciencia y así, vamos tirando, muy poco a poco. Llueve de forma continua y alguna racha de viento hace acto presencia, he puesto un ritmo suave pero a pesar de ello hay que meter la palanca y todo el desarrollo, lentamente ganamos metro a metro al puerto y ese pensamiento nos da empuje para seguir.

Las rampas se suceden, curvas a ambos lados, veo que arriba,- donde me alcanza la vista-, hay niebla, vaya tiempo, - me digo-, en algún momento consigo abstraerme del esfuerzo y disfruto con el paisaje, la verdad es que esta zona es una belleza natural y la lluvia, a pesar de todo, lo hace, si cabe, más espectacular. Robles, matorrales, mucho brezo y alguna flor pueblan estos campos, el color del paisaje es una estampa otoñal impresionante, aquí, la lluvia se va colando por todo el cuerpo y noto como la humedad se agarra a mis pies, el cubre funciona, pero después de 40 Km. bajo la lluvia, los pies están empapados.

Sigo subiendo, bebo y respiro profundamente, noto que el cuerpo coge temperatura debido al esfuerzo, aprieto los dientes y sigo subiendo, adelanto a duras penas a un peregrino y es que las rampas no permiten ir mucho más rápido que una persona a pie, aquí las rampas se endurecen y me obligan a levantarme del sillín, voy con todo y aun así la peregrina me va ganando terreno, -no puede ser-, me digo, me está alcanzando, y es que, subo a 5 km/h durante bastante rato, más adelante la pendiente me da un respiro y puedo sentarme y cambiar la posición, de nuevo, bebo, respiro y me “encabrono”, sigo tirando, llego al cruce de Faba, -aquí hay una opción de desviarse a un albergue-, pero decido seguir con la faena, así que tiro a la derecha dirección O´ cebreiro.

Aquí la pendiente es inhumana, son unos 250m que me obligan a ponerme de pie, balancearme y tirar de brazos, -¡pero esto no se acaba!-, - me digo extrañado, vuelvo a subir a 6 km/h, –un infierno-, para colmo vuelvo a ver a la peregrina acercarse,- vaya presión-, me exijo y sigo subiendo, realmente no sé cuánto me queda, pero en cada curva busco el final del puerto, con cierta calma e impaciencia alcanzo un verdadero descanso y retomo el aire, adelanto a un bicigrino justo antes de cruzar La laguna de Castilla (1170m), cruzo el pueblo buscando el final y me encuentro de frente con otra rampa, sigue lloviendo, meto todo y a sufrir, -me digo-, después de varios Km. veo lo que parece realmente la cima del puerto, la niebla lo envuelve todo y no para de llover, una vez arriba el aire entra fuerte, voy un poco tocado, pero la idea del descenso me da fuerzas para continuar, atravieso el pueblo de O cebreiro (Lugo) no sin dificultades, puesto que la señalización es mínima, en un punto tuvo que salir una señora a indicarme el Camino pues un error en el descenso con esta meteorología puede resultar fatal.

Sigo, esperando que la bajada me dé un respiro, pero después de un ligero descenso la carretera pica hacia arriba, varios repechos hacen que me retuerce encima de la bicicleta, ahí delante veo una rampa algo más exigente, el alto de San Roque (1318m), -la moral va decayendo-, sin duda, empiezo a pensar que esto es una locura, que, -¿qué hago metido en esto?-, me pregunto, los dedos comienza a entumecerse por la humedad, la idea del descenso me empuja a continuar, físicamente voy tocado y las condiciones ambientales son lamentables, empieza un pequeño descenso que aprovecho para coger aire y comer, pero es que para mí sorpresa, ahí delante aparece otra rampa, -¡santo dios!-, me digo, esto ya no me lo esperaba, se trata de alto del Poio (1340m), calculo que unos 150m de desnivel, subo como puedo, alcanzo la cima y una fuerte racha de aire y granizo me obligan a agarrarme a la bicicleta con todas mis fuerzas, -¿que hago aquí?-, pienso, empiezo a plantearme olvidar el descenso y parar en el próximo hostal o lo que sea, el tiempo ha empeorado y no se ve un alma por esta zona, en este momento, me asaltan todas las dudas posibles, ¿será éste el camino?, ¿iré bien?, ¿pero, qué estoy haciendo aquí?, etc.

Encorvado en la bicicleta, protegiéndome del granizo y del aire, veo en el suelo pintado una señal de un albergue,-éste no lo paso-, estoy al límite, venga 3km más y a por la ducha, y así es, entro en el pueblo de Fonfría (1280m) y busco el albergue, una vez en él lo primero es ganar temperatura, hablo con la hospitalera y para dentro. De Tadeo, no sé nada, -espero que haya parado en O cebreiro-, me digo, vaya día, mañana nos encontraremos en el Camino, ahora toca una buena ducha caliente que me devuelva a la vida. Esperando a la cena, oigo que alguien dice que,- ¡va a empeorar el tiempo!-, -pero, ¿es posible?-, me digo, dicen que para mañana dan nieve a 1600m, -bueno, no creo que nos pille-. El albergue tiene de todo y está realmente bien, la hospitalera se llama Lourdes y tiene dos ayudantes una chica brasileña y otra de Barcelona.

Antes de cenar, miro el cuenta y éste me dice: 5 horas 34 minutos de pedaleo y 67,49 kilómetros recorridos, - ¡menudo día!-, me digo; lluvia, viento, granizo, montañas que suben y nunca bajan, realmente duro, -espero que mañana mejore-.

12 de junio de 2008

Novena etapa


Novena etapa: Fonfría-Triacastela.

Ayer, a las 19:30 nos dicen que podemos bajar a cenar, entramos en una antigua palloza reformada y Lourdes, la jefa del albergue empieza a sacar fuentes de pote gallego, cuento hasta siete perolas y otras tantas bandejas de carne guisada. Comemos hasta hartarnos, a la mesa nos sentamos todos los peregrinos del albergue, mayoría alemana, aun así, nos comunicamos como podemos y pasamos un buen rato. Ahí fuera sigue lloviendo.

Ya de noche, cuesta conciliar el sueño con tanta comida en el cuerpo, oigo el sonido del aire golpear con fuerza las ventanas y ya, tarde, consigo dormirme.

Por la mañana, los peregrinos madrugan, el que os cuenta se queda un rato más en la cama, puesto que, creo que Tadeo ha debido de parar en O´cebreiro, y así, de esta forma, le doy tiempo para que me alcance y seguir juntos.

A las 9:00 por fin me levanto, alguien dice, -¡fuera está nevando!-,-bueno, no será para tanto, estamos a finales de Abril-, me digo, me levanto despacio, salto de la litera y me acerco a la ventana, y para mi sorpresa, no solo está nevando sino que además hay ventisca,-¡vaya panorama!-. Ver salir del refugio a los peregrinos es todo un poema, el viento azota y nieva copiosamente, aun así, los valientes salen fuera a continuar el Camino, sin duda es una imagen dantesca apenas se mantienen en pie. Es cierto que es todo descenso pero solo mirar fuera da miedo. Algunos otros deciden llamar a un taxi pero éste confirma su aparición para mediodía debido a la cantidad de gente que se ha quedado aislada.



Ante tal perspectiva voy pensando, -¿qué hacer?-, lo mejor será hacer noche aquí y esperar a mañana a ver si remite la furia meteorológica, el sitio es magnífico así que tampoco es mal plan. En el albergue hay otro bicigrino de Madrid, José Luís, que ha salido de León, al que adelanté en el puerto, me dice que va a coger el bus y que no sigue con este tiempo,-cierto es, que no lleva el equipo para afrontar estas condiciones-.

Las chicas del albergue nos dan de desayunar, charlamos de todo y pasamos un buen rato, nos invitan a quedarnos, a trabajar como hospitaleros y demás, las coñas se hacen un hueco y nos echamos unas risas, más, cuando Lourdes decide invitarnos al almuerzo y a unos ribeiros, fuera el tiempo empeora, veo como nieva y los centímetros se acumulan, vemos pasar la máquina quitanieves, y pienso,-no se puede hacer nada, sólo esperar-, me entretengo con las guías y escribo algo, las horas pasan y sigue nevando.



Alrededor de la 13:00 veo que hay momentos de tregua, pero sigue nevando, las noticias para mañana no son muy halagüeñas, después de un rato, suena el teléfono, es Tadeo, me dice que está en Triacastela, que ayer consiguió bajar el puerto. Bueno, le cuento como está la cosa por aquí arriba y quedamos en que la llamo si hay novedades.

Me vuelvo a asomar a la ventana y veo cerca de 15 centímetros de nieve, sigue nevando, pero es verdad que no tanto como esta mañana, en este momento decido recoger las cosas, por si acaso, veo un momento propicio para salir. Triacastela está cerca y es todo bajada, lo dicho, me pongo a recoger y dejo todo preparado por si acaso, la situación requiere equiparse bien, así que, decido ponerme 2 pares de calcetines, dos cullottes de invierno, una camiseta térmica, el maillot, el forro y el chubasquero, me pongo prácticamente toda la ropa que tengo y, así, en un momento de calma decido salir y aventurarme en el descenso hasta Triacastela.

Salgo fuera con la bici, hay mucha nieve, pero el viento ha dado una tregua es el momento, antes de salir le digo a José Luís que me retrate ante tal paisaje navideño, me despido de mis amigos con gran énfasis, puesto que la ocasión no era para menos y, así, a duras penas, bajo hasta la carretera y me monto en la bicicleta, por momentos me digo,- esto es increíble, vaya condiciones-.



Sé, que todo es bajada, pero al salir a campo abierto el aire entra tan fuerte que me frena en seco, voy bien abrigado, pero es peligroso avanzar con estas condiciones, desciendo rampas de consideración y el viento no me deja ir a más de 15km/h, bajo con todas las precauciones, pero aun así, se hace muy peligroso y arriesgado, la bicicleta se vuelve muy inestable con el viento y el agua.



Veo a algún peregrino por el arcén, nos animamos, cada uno va como puede pero en estas condiciones la bicicleta resulta en extremo peligrosa. En poco tiempo el viento, el frío y la humedad hacen mucho daño, y resulta difícil mantener la temperatura corporal, por fin, llego a Triacastela, sólo son 650 m de desnivel, pero en estas condiciones se convierte en toda una odisea.

Ya en el pueblo, voy directo al albergue, allí me encuentro con Tadeo, nos damos un fuerte abrazo y nos contamos las peripecias de la subida a O´cebreiro el día anterior. Poco a poco van llegando más peregrinos al albergue y para mí sorpresa nos encontramos con Robbi, nuestro colega de la Isla de Man, ¡que tío!, ha conseguido alcanzarnos a pie y con el puerto de por medio,-¡este hombre es una máquina!-, nos decimos, así pues, nos damos un abrazo y charlamos de todo un poco pero sobretodo del mal tiempo. La verdad es que el día lo pasamos tranquilos, descansando, haciendo la colada y esperando a que pase el temporal, en este caso el cuenta es anecdótico: 21 minutos de pedaleo y 11,15 kilómetros, realmente lo importante hoy, era conseguir bajar el puerto, entero y de una pieza.

Tumbado en la cama, dejo pasar las horas y, por momentos, me doy cuenta de que esto se está terminando, -he de confesaros-, que me entra cierta nostalgia sólo de pensar que esto pueda terminar, calculo que sólo nos quedan 155 km.,-eso son sólo un par de días,¡no puedo creerlo!-, sólo llevamos nueve días cuando esta forma de vida nos ha atrapado y no queremos ver el momento de volver a la rutina diaria, ojala pudiéramos seguir así por más tiempo. De esta forma, resuelvo que, el momento de regresar va a ser lo más duro del Camino, sin duda. En este instante lo único que puede calmar estos pensamientos es la idea de buscar nuevos proyectos y, -así lo hago-, pienso en los otros caminos que podemos hacer, el primitivo, la ruta de la plata, el de Portugal, cruzar los pirineos, y un largo etc., y así, de esta manera, consigo subir la moral y aumentar los ánimos. Por momentos, me doy cuenta de que el futuro proyecto, el que sea, ya ha quedado sembrado y sólo hay que esperar a que germine.

Cenamos con Robbi, unos caldos gallegos, y decidimos recogernos después de charlar largo y tendido.

11 de junio de 2008

Décima etapa


Décima etapa: Triacastela-Melide.

Un día más, dejamos a los peregrinos recoger sus equipos mientras nosotros disfrutamos de unos breves minutos más de cálido y confortable descanso en nuestras literas, pero al rato, el momento se hace inevitable y hay que ponerse en marcha.

Hoy, el día se presenta lluvioso desde primera hora, después de preparar el equipo y disponer de lo necesario nos despedimos de Robbi, que presumiblemente, ya no volveremos a ver, bueno, quizá en algún otro camino, no muy lejano.


Enfundados en nuestros trajes de agua y después de desayunar, afrontamos la etapa de hoy con el objetivo de alcanzar Melide y, así, poder disfrutar de su fama reconocida en la preparación del pulpo a la gallega.

Así pues, con todo nos ponemos en marcha, decidimos tomar la carretera, el día no está para muchas florituras y hay muchos kilómetros de por medio, la salida del pueblo es todo bajada y, así, nos dejamos caer y, poco a poco, vamos entrando en calor.

La carretera desgasta sicológicamente debido a su monotonía, ésta, al menos transcurre por suaves collados de abundante vegetación, numerosos castaños, hayas, eucaliptos, robles y muchísima hierba para el ganado. Cruzamos numerosos arroyos y después de superar algún que otro repecho, decidimos para en Sarria a repostar, un té y algo de comer, aquí aprovecho para cambiarme de calcetines y enfundarme unas bolsas de plástico en los pies para que se mantengan secos y, es que, el agua se cuela por todas partes y, así, después de 20 km. con los pies húmedos, éstos se me han entumecido de forma alarmante.

Después de conseguir sellar mis pies, decidimos continuar por carretera, aunque tenemos que abandonar el itinerario del Camino unos cuantos kilómetros, vamos dirección Paradela, nada más salir de Sarria, primera rampa de consideración, no ha dejado de llover en toda la mañana e incluso creo que aquí lo hace con más intensidad, la carretera se empina con largas subidas, también hay largos descansos que nos permiten recuperar antes de afrontar la siguiente rampa. De esta forma, poco a poco, notamos que vamos ascendiendo, aquí cada uno va a su ritmo y nos vamos distanciando, hemos subido unos 300m. de desnivel hasta alcanzar los 700m. de cota.

Una vez arriba nos espera un peligroso descenso hasta Portomarín a los pies del río Miño, en la carretera hay poco tráfico y esto ayuda algo pero es que el agua que cae impide una visivilidad normal y las curvas se vuelven en extremo peligrosas, la prudencia se impone, aunque las ganas de disfrutar del descenso también tienen su momento, en este punto hay que tomar bien las curvas y elegir la trazada buena, es decir, aquella por donde baja menos agua. Y, es que, hay momentos que la propia carretera parece un regato. En una de las últimas curvas, una muy pronunciada a derechas, casi de 180 grados, me doy cuenta de que me cuesta tomar bien la curva y veo como me voy acercando al carril contrario de manera peligrosa, la curva se me hace interminable y por supuesto controlar la bicicleta con todo el peso se hace realmente complicado, así que, por momentos, decido no inclinarme en exceso e invadir ligeramente el otro carril, con la fortuna de que éste estaba libre y, así, retomo la trazada y continuo por mi carril, habiendo aprendido la lección.

Cruzamos el Miño y entramos en Portomarín, decidimos hacer parada y recuperar fuerzas con unas típicas empanadas gallegas, aprovechamos en el bar para entrar en calor cerca de la estufa de butano, aunque, por breves momentos, porque ahí fuera nos sigue esperando mucha agua.

Después de coger otro sello, decidimos continuar, la guía nos marca otra nueva pendiente, así que, seguimos por carretera, si es que, el día nos muestra su cara más desagradable, pero las ganas y el ánimo que tenemos superan con creces el desaliento que supone que se enfríen lo músculos y tener que volver a subirte encima de la bici y seguir pedaleando bajo una capa de agua pero, nada, no nos lo pensamos dos veces y nos ponemos en marcha.

La carretera pica hacia arriba ligeramente y, así, en pocos kilómetros subimos unos 400m. de desnivel colocándonos de nuevo en los 700m. de cota, por momentos la vegetación se vuelve más exuberante, si cabe, es increíble el color de esta tierra, el agua lo baña todo y parece que la tierra lo esté agradeciendo.

Una vez arriba el paisaje es espectacular, puedes ver los montes gallegos con las distintas espesuras de niebla bañando el horizonte, el brezo en flor, todo el colorido del campo, la soledad del camino y, así, la sensación de estar pedaleando por lugares de tanta belleza no hace sino aumentar nuestro ánimos y con ello las ganas de continuar.

En este punto del Camino, tenemos que cruzar la nacional a través de un puente, aquí el camino discurre por un suelo asfaltado de menor tamaño especial para los peregrinos y, así, la compañía de los automóviles afortunadamente desaparece. Tadeo va por detrás, así que, decido a parar a tomar un té en una de las muchas casas que hay a nuestro paso, aprovecho para entrar en calor y secar los guantes en los radiadores. Viendo que no llega decido continuar.

Intento tomar unas fotos a pesar del agua que cae, pero las pilas de la cámara han dicho basta y, es que, las vistas desde este punto son una barbaridad y, así, decido retenerlas en la retina. Poco a poco, llego a Palas de Rey, último pueblo antes de Melide, en este punto, y ya, cansado de tanto asfalto aunque sea rural, decido tomar los caminos de tierra pese al agua que está cayendo,-podréis imaginaros en qué estado se encuentran los caminos con tanta agua-, son auténticos torrentes de agua y barro pero resuelvo que la decisión ha sido la acertada, comienzo disfrutando a tope de pedalear en estas condiciones, caminos anegados y riachuelos desbordados se presentan como una auténtica aventura que salvar y me voy dando cuenta de que pedalear por los caminos rurales de tierra de Galicia es uno de los grandes alicientes que tiene el Camino,-¡cómo disfruto!, si parece que voy buscando el agua y el barro a propósito-, -ahora estoy disfrutando como un niño-, me digo, bajo por torrentes de agua, atravieso zonas de mucho barro y, de esta forma, voy notando que el cuerpo pese al agua y la humedad está cogiendo buena temperatura, decido comer algo por si acaso, y me dejo llevar por la magia de este entorno.

El día es gris y desapacible, pero me doy cuenta, de que estoy disfrutando como nunca, me permito el lujo de parar en una pequeña ermita a coger un nuevo sello y, es que, por momentos pienso,- ¡si es que realmente no quiero llegar, quiero que esto continúe así, quiero seguir disfrutando de esta manera!-, más adelante paro en un pequeño albergue, a ver, si Tadeo me alcanza, mientras, tomo un té al lado de una estupenda lumbre,- momento de gloria, calentándome las manos al fuego-, decido continuar antes de que se enfríen los músculos, fuera llueve, hay barro y mucho agua, pero tengo la sensación y el privilegio de disfrutar de ello y, así lo hago, noto que la sonrisa me ilumina y que nada puede entorpecerme en este momento, realmente este tramo es gloria pura y es que subo las lomas con las piernas a tope, cruzo aldeas espectaculares, atravieso puentes desbordados de agua, miro el paisaje a mi alrededor y pienso,- ¡si es que, realmente no quiero llegar nunca!-.

Y, así de esta manera, me voy acercando a Melide e irremediablemente al final de la etapa de hoy. El equipo de agua ha funcionado a la perfección, llevo barro hasta en las orejas, pero la satisfacción llena mi cuerpo, las sensaciones son increíbles y me encuentro exultante.

Ya en Melide, cruzo el pueblo y busco el albergue, pienso en la ducha que me espera y en el pulpo a la gallega que pondrá la guinda a esta jornada.

Nada mas llegar al albergue, una peregrina catalana, Sandra se llama, me dice que mi compañero ya ha llegado, éste me cuenta que en el cruce con la nacional se ha equivocado y ha tomado la general, en fin, aun tenemos una etapa más para disfrutar.

Y de esta manera con Sandra y un grupo de Cartagena, decidimos salir a cenar nuestro soñado pulpo a la gallega,- y es que traemos esta idea desde que dio comienzo nuestra aventura-, y así, pulpo, gambas al ajillo, bacalao, postres, etc.etc., nos pegamos un homenaje de primera,-estos cartageneros saben lo que se hacen-, nos decimos.

Y así, después de charlar y echarnos unas risas decidimos recogernos antes de que nos cierren el albergue que hay que descansar, porque después de todo, mañana toca entrar en Santiago.

Un último vistazo al cuenta y este marca: 5 horas 54 minutos de pedaleo y 87,36 kilómetros recorridos y mañana, la gloria.

10 de junio de 2008

Undécima y última etapa

Undécima y última etapa.

Hoy es el gran día, la última etapa y la entrada a Santiago, como de costumbre el ritual mañanero, los peregrinos se levantan en cabeza y, hoy, soy el último en amanecer, he tenido un sueño profundo, he dormido bien pero de distinta manera a lo normal,-¿será la emoción, o simplemente el cansancio acumulado?-, sea lo que sea, me levanto y me preparo sin olvidar de disfrutar de cada momento pues, sin duda, se trata de la gran jornada.

Así pues, me enfundo el cullotte, el maillot y todo lo demás, todo está recogido y las alforjas están preparadas, ya sólo queda preparar las monturas que hemos dejado en la parte trasera del albergue. Voy con los cartageneros a por las bicicletas, cuando, mi cabeza no puede asimilar lo que ve, no consigo creer lo que estoy viendo, -no puede ser-, me digo, es imposible, estará dentro de unos portones que tiene el albergue, miro y vuelvo a mirar, busco y no encuentro, sigo sin comprender, hasta que a la fuerza mi cabeza comienza a pensar lo peor, sigo sin querer creer, pero, poco a poco, me voy dando cuenta de lo que sucede…la bicicleta no está.

El desanimo me invade, no puedo pensar, así, como tampoco puedo encontrar ninguna explicación, siempre supe que como amante a este deporte, alguna vez podría pasar, pero cierto es, que no estaba preparado. El golpe es durísimo, me siento impotente, la rabia se apodera de mí, intento no perder la calma y mantener la cabeza fría pero la realidad vuelve para destrozarme, la bicicleta no está, ha desaparecido.

Veo a mis compañeros prepararse, me animan como buenamente pueden, pero para mis adentros me digo,-esto se ha terminado, Eduardo, recoge porque te han echado-, y así, voy asimilando el duro golpe y, poco a poco, pienso qué hacer. En esta situación, sólo puedo hacer la denuncia en la Guardia Civil y dar parte de los hechos a la Policía Local, que por cierto, éste último, me ofrece su propia bicicleta y, es que, la escena es dantesca, me han dejado vestido con todo el equipo y las alforjas en la mano. Por momentos pienso en la idea de continuar con la bici prestada, pero no, esto no era así, esto se ha terminado y lo único que puedo hacer ahora es volver a casa y ese es mi propósito, así pues, le agradezco enormemente el ofrecimiento al Policía Local y después de hacer la denuncia me dirijo a la estación de autobuses.

A Tadeo, le digo que continúe con los cartageneros hasta Santiago y que nos vemos allí, por momentos esto es lo que hacemos, una y otra vez me vienen las mismas sensaciones, ¡no hay derecho!, ¡es una injusticia!, intento llevar por dentro el golpe pero sé que mi cara lo refleja todo y es que mi estado de ánimo es profundamente desolador, prácticamente no tengo fuerzas ni para hablar.

Me dirijo a la estación de autobuses de Melide, en una hora pasa el autobús, Tadeo me dice que no continúa, que esto no era lo que habíamos hecho hasta aquí y que no tiene sentido acabar así, que habíamos llegado hasta aquí juntos y que llegar a Santiago era en cierta medida una excusa para pasar diez u once días de la manera en que lo hemos pasado, es decir, disfrutando de increíbles experiencias, de inolvidables sensaciones, de las amistades que hemos hecho a lo largo de todo el Camino, en fin, de las grandes vivencias de este Camino, que recordaré siempre. Pero el golpe ha sido mortal, el sabor que queda es muy agridulce, ayer conocí la gloria y hoy estoy en el mayor de los abismos. Intento superarlo, ya en el bus, veo a otros bicigrinos y peregrinos y éstos me recuerdan la que ha sido mi condición hasta hace bien poco, una y otra vez, me asaltan las mismas sensaciones de rabia e impotencia, intento pensar en lo buenos momentos pero a duras penas consigo levantar cabeza.

En estos momentos intento pensar en todo lo bueno que nos ha sucedido y que, ¡bueno!, no hemos llegado a Santiago, pero, ¡no importa!, el viaje podría haber tenido otro destino y posiblemente hubiese sido igual de mágico. Porque en este instante, me doy cuenta de que en el Camino está la magia pero es que el Camino eres tú mismo y la magia, hay que aprender a leerla, sea cual sea tu destino.

Ya en el bus para Santiago tengo la sensación de que me han echado del Camino de forma injusta, así que, el mejor antídoto que encuentro para no desesperar es pensar en los futuros proyectos que, ya, me rondan por la cabeza, proyectos que estoy seguro que harán que me olvide de este duro golpe y que con el tiempo ayudarán a que sólo recuerde los grandes momentos que he vivido en esta magnífica experiencia.

Una vez en la estación de Santiago, decidimos tomar el primer autobús para Madrid, éste sale en una hora, y así, decidimos tomarlo y poner rumbo a casa.

Qué os puedo decir del viaje, son 8 horas infinitas para darle vueltas a todo, una locura, consigo no pensar mucho, aunque el tiempo se vuelve eterno.

A mitad del viaje y en un momento de cierta calma interna, me digo,-¡Apóstol, si recupero la bicicleta te prometo que hago de nuevo el Camino de Santiago!-, la verdad es que nunca he sido dado a estas cosas pero he de deciros que en esta ocasión estas palabras me han salido de dentro. Ante tal reflexión no puedo callarme y lo comento con Tadeo, -las risas vuelven aparecer aunque de forma muy breve-, y así, de esta manera, conseguimos por un instante olvidar brevemente el mal trago.

Después de 8 interminables horas llegamos a la estación de autobuses de Méndez Álvaro, en Madrid, me despido tristemente de Tadeo y cojo el metro, por un instante me veo reflejado en los cristales y veo a un individuo aun con el maillot puesto, con las zapatillas de bici y cargando con sus manos lo que ha sido hasta hoy su único equipaje, las alforjas. La imagen es desoladora, es muy duro regresar con las alforjas en la mano. En fin, llego a casa y, aquí sí, aquí, la aventura ha terminado, me encuentro en el mismo punto, en el cual, hace once días daba comienzo a nuestra aventura,-que ahora, también es la vuestra-. Ya en casa me siento en la cama y pongo a cargar el móvil que he llevado apagado durante estos días, comienzo a deshacer lentamente las alforjas, éstas, aun con barro de tierras gallegas, barro de verdadera satisfacción manchado de injusticia e impotencia, ceno algo; son las once de la noche; noto que el cuerpo está muy cansado, aunque uno se ha acostumbrado, en cierta forma, a esa sensación de cansancio continuo, pero este cansancio es más pesado y se apodera de mí.

Al rato, suena el teléfono, no le doy importancia, es un mensaje, lentamente me acerco al teléfono y leo el mensaje que me avisa de una llamada que alguien ha dejado en el contestador de voz, el número empieza por 981,-¡que extraño!-, me digo,- ¿quién será?-, la idea pasa por mi cabeza como un cometa surcando el cielo,-¡no puede ser!, no te hagas ilusiones-, marco el número del buzón de voz y después de un interminable silencio, oigo una voz familiar…aquí la Guardia Civil de Melide, hemos recuperado su bicicleta.

Tras unos segundos de parálisis total,…lanzo un grito desgarrador de rabia contenida y emoción. Al instante recuerdo las palabras que dije:…”Apóstol, si consigo la bicicleta hago de nuevo el Camino de Santiago”, y así pues, con el compromiso de cumplir mi promesa, comienza el que será mi futuro Camino con dirección a Santiago de Compostela.


¡¡Ultreia, peregrino!!